Cuando el mundo te presiona para tocar el cielo con la mano, el mayor éxito es sentir el zacate en los pies.
Durante casi ocho años tuve un podcast de historias llamado No Sos Especial. Un proyecto que nació como una obra artística que buscaba acompañar a la gente que se siente sola. Al inicio, los episodios eran solo en formato audio y tenían una experiencia sonora que lograba una conexión profunda con las historias. «Con que acompañe a una persona, para mí ya es suficiente», decía yo en el 2017, cuando todo empezó. Y decía la verdad, pero aquel Diego tan cosi no sabía lo que le esperaba.
Del proyecto surgió una comunidad de decenas de miles de escuchas, tanto en Instagram como en Spotify, cientos de episodios subidos, miles de historias contadas, una comunidad de Discord con más de tres mil personas, cientos de eventos sociales (karaokes, fiestas, speed datings, citas a ciegas), cientos de amigos que se crearon a partir de estos eventos y, según mis cálculos, otros cientos de parejas, dos matrimonios y un bebé. En fin, un montón de compañía. Pero para lograrlo, tuve que pagar un precio del que el Diego del 2017 no tenía idea: sentir un nuevo tipo de soledad. La que se siente cuando pasás de ser artista a creador de contenido. Cuando quedás a la orden de las redes sociales, y como consecuencia, entrás en una espiral de depresión y ansiedad.
Las métricas, las expectativas y los estándares de éxito y felicidad en redes sociales nos han convertido en obreros que tiran carbón a la máquina del algoritmo. Si sos artista o creás contenido, tu valor se mide a partir delikes, shares y comentarios y no por lo que aportás con tu trabajo. Si sos una persona usuaria, scrolleás infinitamente viendo los posts de la gente a la que “sí le va bien” o subís fotos donde te ves feliz para escarbar un poquito de dopamina entre las notificaciones. Qué fastidio. Y ojo, lo dice alguien que ha hecho todo lo anterior.

Dice Byun-Chul Han que las redes sociales provocan una ilusión de libertad que nos hace creer que podemos hacer más. Podemos rendir más, aprender más, lograr, crear, compartir, mostrarnos más. Entonces, ese aparente poder se convierte en un mandato interior: si puedo hacerlo, debo hacerlo. Eso nos lleva a autoexplotarnos con entusiasmo, creyendo que nos estamos realizando cuando en el fondo, pasamos la vida con agotamiento, ansiedad y desconexión humana.
El problema es que este tipo de cansancio no es el que se alivia durmiendo, sino con experiencias en la vida real, traernos al momento presente, con silencios, y por supuesto, desconexión virtual consciente. Según Han, vivimos en una «sociedad de la transparencia» donde se nos exige mostrarlo todo, explicarlo todo, postearlo todo. El silencio y la intimidad se vuelven extraños. Lo que no se muestra, no existe. Confundimos exposición con conexión. Subimos una foto en la #playita para sentirnos validados con los likes, que nos pegue un poquito la dopamina barata en la cara, hasta que el efecto pasa y nos sentimos expuestos y solos. Pero bueno, nada que no solucione otra foto feliz, ¿cierto?
Dice Remedios Zafra que nuestra felicidad fingida en redes sociales es literalmente el motor que sostiene a las empresas detrás de ellas. Nos hacen creer que viven de esos anuncios que nos atraviesan en el timeline cada dos posts, cuando en realidad vos y yo somos la materia prima. Por eso doña Mirta, la de la verdulería, siente que ya no basta con vender aguacates y tiene que hacer lip syncs en TikTok para pulsearla.

En retrospectiva, ya sé en qué momento perdí el norte mientras hacía No Sos Especial. Lo que hizo que pasara de ser un proyecto que sólo nacía de mi propósito, a uno que tenía que ser exitoso (porque podía). Pero les juro que en el momento no me di cuenta. Como consecuencia, se desconectó de mi propósito y lo tuve que cerrar. No fue fácil. Lo dejé ir y volví como tres veces en cuestión de dos años.
Me encantaría decir que ya superé toda esa ansiedad y agotamiento, pero no es así. Todavía el cuerpo me pide revisar las notificaciones aún cuando no he subido nada nuevo. Pero lo estoy trabajando.
Por eso cada vez más creo en lo presencial. Ahora leo mis poemas en recitales, hago eventos en comunidad con Abrazo Colectivo y trabajo para estar más presente cuando comparto con mis amigos. Porque quiero volver a crear desde mi propósito, desde el entusiasmo y la genuina realización. Quiero recordarme todos los días que la felicidad no tiene por qué ser compartida en redes para que sea real. Quiero ser cada vez menos una métrica al lado de un corazón y cada vez más un corazón que no ve métricas.
Imagen de portada por Travis McHenry.


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