Me prometí volver a casa con una solución a mis problemas de dinero, pero eran las tres de la tarde y lo único que llevaba en las manos era el bolso donde guardaba tres copias del Currículum Vítae. Era la decimoquinta entrevista de trabajo de la que me rechazaban. No me alcanzaba la plata para la comida de la semana, el alimento de mi gata ni para comprar los ansiolíticos.
El boulevard de la Avenida Central se me hacía cada vez más angosto, concurrido y abrumador. Como si no bastara con quedarme sin dinero, ahora estaba a punto de quedarme sin aire. Temblaba como un títere más del señor que se presentaba frente al Imperio de las Colitas.
No pude seguir.
La angustia se apoderó de mí, y en medio boulevard, solté el bolso y me hice de piedra.
Entonces, escuché un sonido que me cambió la vida para siempre: una moneda chocando con otra moneda y otra moneda y otra moneda. Me convertí en una estatua viviente y a la gente le gustó. Me tomaban fotos, me decían que era buenísimo y echaban dinero en el bolso que había caído al suelo. Hasta la señora que atendía en Boutique Maritza salió a verme y regresó para compartirle a sus compañeras que un artistazo estaba presentándose al frente de la tienda. Para cuando llegó la noche ya tenía el dinero suficiente para pagar las facturas de los próximos quince días.
A la mañana siguiente regresé. Quería comprobar que no eran solamente unos minutos de fama. Caminé al mismo espacio donde entré en pánico la tarde anterior, puse un vaso de plástico entre mis pies y me quedé quieto. Sonó una moneda, otra moneda y otra moneda. Tuve más público y muchos comentarios positivos. La suficiente motivación como para seguir regresando los siguientes días. Para el final de la quincena había conseguido tranquilidad económica para los siguientes tres meses. Hasta pude invertir en ropa y maquillaje para poder hacerlo todavía mejor.
No voy a mentir, quedarme quieto por tanto tiempo era un poco desesperante. Me partía las rodillas y además la pintura me irritaba la cara. Pero la gente la pasaba tan bien. Y las monedas no dejaban de sonar.
Una señora me dijo que si un día me presentaba en otro lugar, que por favor le avisara y ella me seguía a donde yo fuera. Nunca nadie me había apoyado tanto. Tenía un público al cual complacer y por el cual dar todo de mí. Lo que seguía era aprender de los mejores.
Fui a conversar con las estatuas más populares de San José para pedirles un consejo. La Chola me dijo que todo bien con hacerme de piedra pero, para aguantar todo el día de pie, lo mejor era tener rodillas de bronce. Visité a Los Presentes e hicimos un focus group para seleccionar mi top cinco mejores poses de estatua. Luego fui a la de John Lennon y me dijo que para no desesperarme, imaginara que la avenida era un campo de arándanos. Por último, fui a la estatua de León, quien muy cortés me dijo que no estaba en condiciones para atenderme en ese momento. Pero no había problema. Con el conocimiento que había conseguido tenía todo para llegar al siguiente nivel.
Regresé el lunes al espacio de siempre, con nueva ropa, maquillaje profesional y mejores poses. Ese día me fue bien, el martes no tanto y para el miércoles solo sonaron un par de monedas. La gente pasaba y me comentaba que ya no era como antes. Un señor me vio por encima del hombro y me dijo que las de Deredia eran mejores. No entendía qué estaba pasando. Yo estaba dando mi mejor esfuerzo.
Quizá era un problema de la Avenida, entonces busqué otros lugares. Probé en el Parque Morazán, en el Parque Francia y la Plaza de la Democracia. En todos me iba bien los primeros días pero luego solo sonaban un par de monedas y, por mucho, un comentario que ni siquiera era genuino. Solo querían venderme algo.
Intenté regresar a la ropa anterior, la pintura básica e incluso sin maquillaje. Buscar la suerte del primer día. Pero nada. Incluí unos breves movimientos al repertorio y coloqué unos carteles que decían “Una moneda para más” y “Lo que pasará después te volará la cabeza” pero solo funcionaba por unas semanas. Para la gente nunca nada era suficiente.
Tras de todo, un grupo de adolescentes empezó a hacer lo mismo en la Plaza de la Democracia pero le agregaron coreografías que copiaron de otras estatuas vivientes y le pusieron lipsync al repertorio. Se popularizaron en la mitad del tiempo que me tomó a mí.
Entré en pánico otra vez.
Me volví a hacer de piedra.
Desde entonces estoy aquí, en una esquina de la capital de la que ya no recuerdo el nombre. La gata se la dejé a una amiga que cada tanto viene para comprarle comida con el menudo que acumulo en el mes. No me he ido todavía porque de vez en cuando la gente pasa y me reconoce de los tiempos en la Avenida Central. A veces me comentan algo lindo. Creo que por lástima. Y a mí nunca me gustó ser una estatua. Pero hay algo que no me deja ir. Algo en el sonido de las monedas.


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