Entrar y salir

De niño, mi mamá estaba obsesionada con la limpieza de la casa. La hacía con trapos blancos y no paraba de limpiar hasta que el trapo quedara igual de blanco después de pasarlo por el piso. Por eso no me dejaba llevar amigos a la casa, porque si entraban, se la ensuciaban. Entonces siempre estábamos solo ella y yo.

Cuando cumplí diecinueve, pude ir a vivir a mi propio apartamento. Dejé el pueblo y me fui a la ciudad. Por trabajo, no porque mi mamá no me dejaba llevar gente a la casa. Pero ahora tenía una donde podía hacerlo. Entonces la decoré, compré sillones, alfombras y almohadas para que mis amigos estuvieran cómodos al entrar.

Al final nunca llevé a nadie.

Salvo si tenía una novia o fuck buddy de vez en cuando. Nada más. Y con el tiempo, no solo no entraba gente a mi casa, dejé de meter gente a mi vida. Del todo.

El tumulto de la ciudad empezó a sofocarme y no podía terminar el cuento que estaba escribiendo, así que volví por unos días al pueblo —que comparándolo con la ciudad, parecía que iba en slowmotion— . Pensaba quedarme en casa de mi mamá porque ahí no había nadie más que ella. Pero para mi sorpresa, estaba repleta de gente.

Tres chiquitos que no conozco viendo tele. Un anciano en crocs chorreando café. Una vecina le hacía los pies a otras vecinas en el patio. Y en el comedor estaba la junta de vecinos decidiendo si dejan el muerto de la calle para que los carros reduzcan la velocidad o mejor lo quitan porque ya huele hediondo.

Mi mamá descubrió que tenía trastorno obsesivo compulsivo, y lo trató con un psiquiatra. Ahora tiene un montón de amigas, a los chiquitos del barrio los trata como sus hijos y la casa se convirtió en el salón comunal del barrio.

Busqué el que era mi cuarto para encerrarme e intentar escribir tranquilo. Pero solo aparecía más y más gente.

Por un lado estaba contento por mi mamá. Finalmente había dejado entrar gente a su vida. Pero por el otro, ¡me sentía harto del escándalo! Especialmente el que hacía mi ex del colegio, que tenía dos horas de estar en el baño cantando desgalillada.

Pasaron varios días y no pude avanzar mucho con el cuento. Así que le di las llaves de mi apartamento a mi mamá y la invité a quedarse allá y disfrutar de la ciudad. Y sin ella aquí, aproveché y fui sacando uno a uno a los invasores de mi casa. Bueno, la de mi mamá.

Finalmente hubo paz y tranquilidad.

Cuando ya faltaba poco para terminar el cuento, empezaron a sonar fuegos artificiales y gritos de fiesta en el barrio. Y con los días, el escándalo de afuera se volvió más común. En una de tantas aproveché que el ruido seguía después de las diez de la noche y les llamé a la policía. Y lo seguí haciendo las veces que fuera necesario.

La última vez que me asomé por la ventana vi que varias de las casas alrededor estaban vacías. Muchos han salido del barrio. ¡Era como fantasma! Y eso era perfecto para poder avanzar con el cuento.

Por un momento pensé si debía calmarme un poco. Abandonar mi hermetismo y dejar que la gente entrara a la casa. A mi vida. Pero bah, me pareció que lo mejor era dejar que esos deseos salieran de mí. Y los eché.

Estoy a punto de terminar el cuento.

La verdad no tengo idea de qué hacer después de que lo termine. No sé qué voy a hacer conmigo, especialmente.

Ya sé. Apenas lo acabe yo mismo me sacaré de aquí.

Y el cuento lo dejo acá.


Escrito en 2016.

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