Un montón de coyotes

Cuando era pequeño me encantaban los Looney Tunes. Qué época tan maravillosa. Mucho tiempo libre, cero problemas de adulto. Eran tiempos tan simples que hasta recuerdo que en todos los capítulos siempre pasaban los mismos chistes y todas las veces me reía. Como cuando el Coyote perseguía al Correcaminos pero siempre se equivocaba. Luego me volví adulto y no solo vi la vida con otros ojos, también las caricaturas. Ahora noto cosas que antes no. Hace unos días leí el ensayo “En defensa del error” de Kathryn Schulz y me di cuenta de algo que de niño jamás hubiese notado: cuando el Coyote corría y corría incluso sobrepasando el precipicio, no caía hasta ver hacia abajo. Hasta darse cuenta de su error. Schulz usó esta analogía para explicar algo muy simple y valioso: estar equivocado y tener la razón se siente exactamente igual, hasta que notás y aceptás el error.

Este pensamiento se me quedó dando vueltas en la cabeza los últimos días, especialmente después de las elecciones presidenciales que vivimos en Costa Rica el pasado domingo 2 de febrero, donde el oficialismo obtuvo el porcentaje más alto de votos. Quienes votaron por el continuismo parecen estar absolutamente convencidos de que fue la decisión correcta para el país; se consideran quienes tienen la razón. Por el otro lado, una parte de quienes votaron por la oposición tienen toda la seguridad de que los primeros están equivocados, especialmente luego de todas las evidentes red flags que ha dado el oficialismo, como tratar de conseguir una asamblea constituyente (sin éxito) y proponer quitarnos las garantías individuales. Y por último, la otra parte de la ciudadanía que votó en oposición, muy humildemente espera estar equivocados por el bien del país. Unos se sienten el Correcaminos, otros esperan ser el Coyote. Pero, ¿Quién se equivocó? ¿Quién tiene el precipicio debajo?

Para responder, primero tenemos que hablar de nuestra obsesión por buscar siempre quién tiene la culpa. ¡Qué necedad! Pero la razón tiene mucho sentido: desde que somos pequeños y entramos al sistema educativo, nos condicionan para que odiemos equivocarnos. Quien se equivoca es tontico. Esto nos hace creer que el camino hacia una vida exitosa es una vida sin errores. Por otro lado, para muchas personas el tener la razón está ligado a sentirse inteligentes, responsables y seguros de sí mismos. Por lo tanto, admitir un error se siente como si tuviéramos algo mal con quienes somos. Quiere decir que es algo muy profundo e identitario que despierta emociones muy fuertes y lo podemos ver en contexto electoral. 

En un país donde históricamente se ha tratado a los partidos políticos como si fueran equipos de fútbol, es muy probable que muchas personas mantengan su decisión por orgullo, incluso si encuentran alertas que les dicen que podría significar un problema para el futuro del país. Esa misma división es la que nos ha llevado a señalar a quienes creemos que están equivocados, y en constantes ocasiones, a actuar con violencia. Por un lado de manera más verbal y física (muchos tuvimos que huir de la Fuente de la Hispanidad por miedo a ser atacados), por el otro de manera psicológica y denigratoria (los otros son tonticos). Hablamos mucho de cómo el partido oficialista podría poner en peligro la democracia pero esta división violenta del pueblo consigo mismo la está poniendo en peligro también. En ese sentido, nos equivocamos todos.

Los protagonistas en la democracia básicamente somos solo dos: el pueblo y los líderes que ponemos a cargo. Esa es la única división que debería importarnos trazar. No es dividirnos entre nosotros, sino entre quienes confían y quienes deben ser responsables de esa confianza. Decía Karl Popper que la ciencia no avanza confirmando verdades, sino detectando errores. Hacerlo es importante para evitar caer al precipicio. Pero si vamos a dedicar energía haciéndolo, deberían ser primero los errores que cometen nuestros líderes, y seguido, los que cometemos nosotros como pueblo. Pelear entre nosotros es el error más grave que estamos cometiendo, porque es peligroso solo para nosotros mismos: es la distracción perfecta para que líderes irresponsables actúen en su propio beneficio. Quizá el acto más valiente que podemos hacer hoy para Costa Rica no sea convencer al otro de que está equivocado, sino reconocer que, aunque pensemos distinto, estamos en el mismo bando. 

Sé que lograrlo es difícil porque todos venimos de lugares y realidades diferentes. Pero nos toca entender que al pueblo solo lo salva el pueblo. Con herramientas, compartiendo conocimiento y creando comunidad. En lugar de señalarnos, nuestra tarea es empoderar y educar con amor a quienes lo necesitan. Por supuesto, esto no significa tolerar lo intolerable ni mucho menos bajar la cabeza, sino entender que una ciudadanía que se cuida es mucho más difícil de engañar.

Nos equivocaremos muchas veces, pero equivocarse no es un fracaso. La democracia no se diseñó para elegir siempre a los mejores líderes, sino para asegurar que, cuando nos equivocamos de líderes, podamos corregir el rumbo sin violencia. Mientras sigamos enfocados en pelear entre nosotros, seremos solo un montón de coyotes en el precipicio. Algunos ya vimos hacia abajo y sentimos el vacío, pero hace falta que lo hagamos todos.

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