Las historias que nos contamos

La vida es un montón de imágenes que uno acomoda de tal manera que tengan algún sentido.

Puedo decir sin dudarlo que mi amigo N es el mago más espectacular de Costa Rica. Cuidado y si no más allá. Hago la afirmación sin tratar de desprestigiar a mis otros amigos magos. Es que N está en otro nivel. En su último espectáculo basó el concepto del show en la afirmación de que todo lo que se vio durante el evento eran trucos e ilusiones. Que nada era real. Aun cuando, en frente de todos y con una persona del público midiéndole el ritmo cardíaco, murió en el escenario por unos segundos. Ese fue su show de retiro. ¡Qué gran manera de despedirse! Por eso para mí N es un crack. Porque a partir de ese momento se dedicó a hacer magia de verdad.

Desde que lo conozco, siempre está aprendiendo algo. N es una persona estudiosa y dedicada. Teología, psicología, filosofía, culturas indígenas, historia. En los años posteriores a su retiro, se dedicó a aprender acerca de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), que es de las más efectivas y basada en evidencia científica. A partir de lo que aprendió, con ayuda de psicólogos del área y todo su conocimiento de la magia tradicional (física, mecánica, ilusiones) creó herramientas útiles e interactivas para que las personas sanen psicológicamente y conecten con lo que le da sentido a sus vidas. Les ayudó a encontrar lo maravilloso dentro de lo que parece complejo u ordinario. Esa, para mí, es la verdadera magia.

En el 2011, trabajé como freelance con una diseñadora que vive en Los Ángeles, California, desarrollando sitios web para actores y guionistas que se abrían paso en Hollywood. Casi todos eran desconocidos pero llegué a hacerle la página a Slater (Mario Lopez) de Salvado por la Campana. Para finales de ese año, la diseñadora quedó embarazada y eso me dio la señal de que el trabajo probablemente iba a bajar al punto de que lo mejor era buscar alternativas. Parecía que a mí la campana no me iba a salvar, eh.

Todo esto sucedía mientras yo vivía en Ciudad Quesada, San Carlos, en un contexto local donde hacer sitios web no me iba a dar de comer. En ese entonces, mi amigo Cristian empezaba una agencia digital junto a otros dos socios y habíamos fantaseado con la idea de trabajar juntos en algún momento. Por lo que, ante la urgencia, le escribí para ver cómo estaba el panorama. Como su proyecto apenas empezaba, me dijo: «Apenas podría pagarte dos meses». Yo le respondí «Ah, ok».

Para Cristian, mi respuesta fue un “ni modo” y así lo asumió, porque él lo que quiso decir fue que no me podían contratar. Para mí, mi respuesta fue un “todo bien, acepto tu propuesta”,  porque creí que era opcional. Era una decisión arriesgada, tenía incertidumbre, pero sentía que hacíamos buen equipo y que de alguna manera íbamos a resolver. Entonces hice las maletas, conseguí un apartamento en San José y entré un lunes por la puerta de la agencia ante el asombro de los tres socios y la community manager, quien era la única persona que les entraba en el presupuesto. Después de trabajar con marcas pequeñas, en esos dos primeros meses logramos ganar las cuentas de cuatro marcas reconocidas a nivel mundial, para la región de Centroamérica y el Caribe. Me quedé siete años en la agencia.

Durante los primeros meses trabajando ahí, yo conté esta historia de una manera distinta. Solamente decía que necesitaba salir de San Carlos, encontrar mejores oportunidades y aunque era arriesgado, me la podía jugar. Pero un día escuché a Cristian contarla desde su perspectiva. Decía, con explosiones y efectos especiales en su versión, que se sentía asombrado de mi valentía de entrar por la puerta diciendo “yo le entro a esos dos meses y ya veremos”. Claramente él no sabía que yo entendí mal, pero al escucharlo solo pude pensar: jumm, me gusta más esta versión

Escucharlo me hizo sentir empoderado, validado, capaz, visto. Porque, a pesar de la pequeña confusión, él no mentía. Había un acto de valentía que yo nunca vi, porque en aquel entonces no estaba acostumbrado a valorar mi esfuerzo. Hacía lo que había que hacer y listo. Contó la misma historia pero desde otra perspectiva, y así, le dio significado a lo que yo había hecho. A partir de entonces, la seguí contando como se las conté a ustedes. La versión más justa y significativa. Y una vez más, ahí está la verdadera magia: la manera en la que nos contamos a nosotros mismos nuestras propias historias. Porque eso es lo que somos, las historias que nos contamos. Y la narrativa que usemos influye directamente en que nuestra vida se sienta valiosa o sin sentido.

La oficina (2012)

«Nos escribimos a nosotros mismos», dijo el psicólogo Jerome Bruner. Si cambiamos los verbos y adjetivos con los que nos contamos nuestras historias, cambiamos la percepción de nuestra realidad. Y a las pruebas me remito, dijo aquel. Otro psicólogo, Dan P. McAdams, realizó un estudio cualitativo donde pidió a los participantes ser los biógrafos de su propia vida. Como resultado, encontró dos patrones narrativos principales. Uno de ellos era las Secuencias de Redención, historias con eventos negativos o dolorosos que eran seguidos por un resultado positivo o aprendizaje: “A pesar de todo logré…”, “Salí adelante”, etc. Y luego, las Secuencias de Contaminación, eventos positivos que se arruinan por uno negativo, o sea, “todo iba bien hasta que…” o “tenía que ser el Chavo del 8”. Las personas que narraron su vida bajo el primer patrón (de manera constructiva) solían sentir que su vida tenía sentido o propósito. Las del segundo patrón sentían una vida vacía. 

Hay una frase atribuida al budismo que dice que el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional. Pues qué creen, está directamente relacionado a nuestra narrativa. Según el neurólogo y psiquiatra Boris Cyrulnik, si no nos permitimos hablar sobre un evento traumático, cada vez que pensamos en el evento, volvemos a revivirlo. En cambio, al narrar el trauma, el cerebro transfiere la experiencia de la amígdala (emoción pura) a las zonas del lenguaje y la corteza prefrontal. Narrar la historia cambia la estructura física de la memoria en el cerebro, ¡literalmente! Dejás de revivir el dolor y empezás a recordarlo. Reinterpretar los hechos no cambia nuestro pasado, pero sí nuestra historia.

Según Bruner, la mente humana no evolucionó solo para buscar la verdad lógica, sino para la verosimilitud. La narrativa nos sirve como mediadora entre nuestro mundo rutinario y lo inesperado. Por eso nuestra mente tiene un corto circuito cuando suceden eventos impactantes que no tienen explicación. Desde el ghosting, un accidente trágico o el fallecimiento de alguien que amamos. Como dijo Joan Didion en su libro The White Album: «Nos contamos historias para vivir». Le buscamos una historia a lo que no la tiene porque aceptar que algunas cosas simplemente suceden sin razón, nos resulta aterrador.

Si bien N me dijo que ya no se dedica a la magia, espero que para este momento haya cambiado esa narrativa porque, para mí, la magia real no está en engañar a nuestros ojos con trucos e ilusiones, sino en enseñarle a la mente a ver lo maravilloso en lo que parece simple o común. Contarnos la historia de la manera más justa y significativa. Transformar un paseo en una aventura, una decisión que parece circunstancial en un acto de valentía (como en mi caso) o un vínculo en una historia de amor espectacular. Magia es encontrar propósito entre todo el dolor que sentimos a diario. Es tomar todo ese ruido, esos garabatos mentales, y con un poco de compasión y comprensión, convertirlos en las historias que merecemos vivir. ¡Tarán!


Foto de portada: Houdini en uno de sus shows. Via Wikimedia Commons

4 respuestas a «Las historias que nos contamos»

  1. Avatar de Kevin Román
    Kevin Román

    En efecto, me gusta más esta versión. 🚬🚬🚬

    1. Avatar de Diego Barracuda

      Jajaja 🫶

  2. Avatar de Edwin Solís Garita

    A fuerza de contar una y otra vez la historia de uno de los momentos más traumáticos de mi vida entendí que, al pasar el tiempo, iba encontrando matices y lecciones que antes no había visto, detalles que justificaban o me hacían entender por qué había pasado X o Y de la forma Z.
    Con el tiempo entendí que, si bien mi narrativa podía haber sido una legítima Secuencia de Narración, no hubiese sido justo ni correcto dejar de lado que aprendí mucho de toda la experiencia y las personas que participaron en mi historia. Hubiese sido mezquino no reconocer las experiencias positivas y enriquecedoras que antecedieron al desastre ni las que vinieron después.
    Hoy esa historia ya no me pesa. Hoy esa historia puede que venga desde un lugar de redención sí, pero viene más desde la gratitud: por haberla vivido y poder contarla mejor.

    1. Avatar de Diego Barracuda

      Gracias por compartir, Edwin. Eso es importante: el tiempo hace lo suyo. La distancia aporta una mejor perspectiva para contarnos mejor la historia.

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