Me gusta tanto imaginar cómo sos, que ya no sé si quiero saber.
Hay una mujer detrás de mí en una foto que me tomaron recientemente y no he parado de pensar en ella. Bueno, no en ella, en los desconocidos que se suelen colar en las fotos. Salgo totalmente desenfocado, y en cambio, el lente volvió la mirada a una muchacha que aplaudía no sé por qué. La verdad es que ni siquiera recuerdo haberla visto cuando estuve en ese centro comercial, pero por horas pasé pensando, por mera curiosidad, en quién será, cuál es su historia, qué será lo que le angustia en su día a día.
Todo esto pasó por mi mente mientras un Uber me llevaba desde Sabanilla hasta la República Independiente de Lindora. Veía la foto y me inventaba posibles respuestas. Eso me llevó a pensar también en el chofer de Uber. Sabía que se llamaba Raúl porque eso decía el app, pero ¿cuál será su historia? ¿Cuál será su mayor dolor? Luego pensé en la gente que nos topamos en el camino, ¿Quiénes serán? ¿Para dónde van? ¿Qué les devuelve las ganas de vivir? La sola tarea de responder todas esas preguntas me pareció tan abrumadora, que la aguja de la empatía se me descontroló. Con tanta gente que nos rodea y de la que no sabemos nada, ¿será que necesitamos ignorarnos para sobrevivir?

Según el sociólogo alemán Georg Simmel, la respuesta es un contundente sí. Él llama a este comportamiento Actitud blasé, una indiferencia o reserva psicológica que desarrollamos en las ciudades ante el exceso de estímulos nerviosos (ruido, gente, luces, imágenes). Simmel explica que si reaccionáramos emocionalmente a todo esto, nos destrozaría. Eso hace que exista esta idea de que la gente de ciudad es más insensible o reservada, pero no es por maldad, es un escudo de protección psicológica.
La ventaja que tiene la foto que me llevó a todos estos cuestionamientos, es que puedo editarla, y con solo tocar la pantalla, elegir dónde quiero que enfoque. Algo así como una Actitud blasé digital. Y como la intención original (y mucho menos filosófica) era subirla a redes sociales, entonces toqué mi cara y la enfoqué hacia mí. Ahora bien, si subo esta foto a mi Instagram sin mayor intención que jugar de guapo, ¿no es acaso parte del ruido que necesitamos ignorar? No aporta nada esta imagen en el mar de información innecesaria que nos abruma en redes sociales. Me pregunto cómo ignoramos para sobrevivir en una virtualidad que nos empuja a saberlo todo. Que nos expone a todos los sucesos, todas las tendencias, los conceptos poco saludables de éxito y la falsa felicidad de personas que no conocemos.
«El medio digital cambia nuestra conducta, nuestra percepción, nuestra sensación y nuestra convivencia, sin que podamos valorar las consecuencias de esta embriaguez» dijo el filósofo coreano alemán Byung-Chul Han en su libro En el Enjambre. La sobreexposición de información que recibimos en Internet, en especial las redes sociales, nos desorienta, nos insensibiliza y lejos de conectarnos, nos separa. Nuestra mente necesita silencio pero las redes sociales nunca se callan.
Incluso con el consumo de información acerca de las causas que nos son significativas, debemos ser sabios y poner límites, de lo contrario, nuestro “interruptor de empatía” podría apagarse y desconectarnos de la causa. A esto se le llama fatiga por compasión, descubierta por el traumatólogo Charles R. Figley. Es un fenómeno psicológico que se produce por la sobreexposición al sufrimiento ajeno y que fue detectado inicialmente en profesionales de la salud, pero del que ahora estamos expuestas todas las personas con redes sociales. Saberlo todo pero no poder cambiar nada, jode.

Tokyo, 1994
A menudo le digo a mis amigos que extraño el “Internet de antes”, cuando estaba más enfocado en el intercambio de valor y el consumo lento. De ahí viene, en buena parte, el por qué nació este blog. Quizá extraño el Internet de antes porque había menos gente conectada, y con menos gente, era más fácil administrar la información. Quiero creer que, por necesidad o por implosión social, en algún momento cercano vamos a volver ahí. A la distancia sana. Al consumo lento. A ignorarnos un poquito más para sobrevivir.
Por ahora, lo que tenemos a la mano es nuestra capacidad de enfocar. Volver la mirada hacia nosotros, no como un acto de egoísmo, sino como la única manera de descansar y recuperar la fuerza necesaria para reconectar con la causa que nos mueve. Para aportar a quien tenemos enfrente. Para elegir bien dónde queremos enfocar la foto.



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