El cuerpo reconoce la diferencia entre un espacio donde uno es visto y uno donde apenas ocupa aire.
Un viernes del pasado diciembre, saqué el restillo que me quedó del aguinaldo y me encaminé hacia Klika, mi cafetería preferida y donde me siento cómodo, seguro y a gusto. Quería pasar la tarde leyendo y escribiendo como puedo permitírmelo cuando me pagan el aguinaldo: tomando buen café, comiendo rico, y sobre todo, comiendo mucho. Ese era el plan, pero no se pudo. Tenían un problema eléctrico y no podían ni prepararme almuerzo ni hacerme un café.
«Diego, te prometo que la próxima que vengás, tendremos todo listo para atenderte», me dijo Carolina, la barista, mientras yo salía de Klika pensando en cómo hacer para que no muriera mi plan perfecto de vida de artista que merecía. Y bueno, la solución me pareció casi lógica: ir a la que fue mi anterior cafetería preferida. ¡Obvio! La que durante años también fue mi lugar seguro para pasar tardes escribiendo tranquilamente.
Uno siempre vuelve a donde fue feliz, solo para recordar por qué se fue. El café y la comida estaban bien y la atención, pues, normal. Y ese justo era el problema, antes no era normal. Antes todo era valioso, hermoso y significativo.
Hace años, en una época en la que trabajaba de manera independiente y la pasaba terrible económicamente, fui a este lugar con los únicos dos mil colones que me quedaban en la bolsa con la misión de tomarme un café, sentarme en la mesa del fondo y buscar una solución porque no sabía si iba a tener plata para comer la semana siguiente. Pude haberlos usado para comprar un par de atunes Suli, pero así de valiosa era la conexión que tenía con este lugar. Sabía que iba a volver con algo. Y así fue. Regresé a casa con un contrato laboral.
Ahora soy un extraño en el café que fue el hogar de muchas de mis mejores ideas entre catuaís semi lavados y tortas chilenas. Cambiaron de administración hace tiempo y además, una más inclinada hacia el reggaetón, lo cual estaría todo bien si fuesen la acera del Imperio de las Colitas, pero no, son una cafetería con perreo y eso hace imposible sentarse a escribir con calma. Pero lo realmente contundente: pasé de «¡Diego, qué bueno verte!» a «Caballero, ya lo atiendo».
Sentí como si encontrara a un viejo amigo, lo saludara con un abrazo en honor a las aventuras compartidas y me interceptara con un descorazonado apretón de manos. Antes, en la que era mi cafetería preferida, era “bueno verme”. Ahora no me ven. Y ahí está la diferencia, creo yo. Lo que transforma a una mera transacción en un vínculo valioso: sentirse visto. Qué es eso sino la forma más genuina de amor.

Lo dijo Iris Murdoch en su libro La Soberanía del Bien: «El amor es un ejercicio extremo de atención». El ego es una maquinita de fantasías que nos hace creer que vemos al otro, cuando en realidad nos hace ver lo queremos ver en ellos. Por lo tanto, para amar genuinamente hay que “silenciar el ego” y así, ver al otro en su totalidad. O sea, cuando vas por tercera vez al mismo bar, quien te ve realmente dirá «¿Te traigo lo de siempre?» y quien no, solo verá una billetera entrar por la puerta (espero no sonar muy resentido a este punto).
Vivimos en una época donde cada vez más somos considerados prescindibles y lo que hacemos se vuelve obsoleto cada vez más rápido. Los hits musicales ya no duran años sino pocos meses, lo que fue tendencia hoy ya mañana es tema viejo, se descartan personas con ghosting o un swipe left, y la Inteligencia Artificial poco a poco van reemplazándonos laboralmente. «La obsolencia y el olvido se han convertido en la única e insaciable demanda de la historia», dijo el escritor John Berger en uno de sus ensayos. En este contexto, el ver genuinamente a los otros y el ser vistos, es esa fuerza que da sentido a la existencia. Según Berger, sin esa mirada amorosa o atenta, somos vulnerables a la indiferencia en un tiempo histórico que solo busca el olvido.
En la saga de Avatar, del director James Cameron, los Na’vi dicen «Yo te veo» en lugar de «Te amo»; una profunda conexión al ver el verdadero ser del otro. Se le acepta sin juicios ni expectativas, se le reconoce y se le respeta. Al escribir esto no puedo evitar pensar en la promesa que me hizo Carolina de Klika, como una manera de hacerme saber que valoran lo importante que es para mí ese espacio de escritura de la tarde. Que me reconocen. Que me respetan. Que me aman hasta el infinito y más allá.
Justo como hacía el poeta Rainer María Rilke, que entre 1903 y 1908 intercambió cartas con algunos de sus lectores. Qué hermosa manera de hacer sentir vistos a sus followers. Por si fuera poco, en una de esas correspondencias dijo: «El amor consiste en dos soledades que se protegen, se deslinden y se saludan mutuamente». Que no se trata de ver al otro como un complemento, sino de reconocerle como todo un mundo entero. Al amar, ves la individualidad del otro, la cuidás, y a la vez, se ponen límites. Como compartir el sofá con tu pareja, cada uno en lo suyo, pero en compañía.
El amor no es solo sentirse encantado por otra persona. No se trata de las mariposas en el estómago. Amar es que alguien tenga el genuino deseo de mirarte, pero sobre todo, la valentía de sostener esa mirada. Reconocer todo el desastre y toda la maravilla. Sea que esa mirada venga desde el otro lado de la barra, con un café en la mano o desde el otro lado del sofá.
Foto de portada: Mujeres en la ventana – Bartolomé Esteban Murillo (1655–1660)


Deja una respuesta